Parlez-moi d'Amour, Reditez moi des choses tendres Votre beau discours, mon coeur n'est pas là de l'entendre Pourvu que toujours vous repetiesez ces mots suprèmes Je vous aime.

Episodio I

Alice

Le dije que nos junt√°ramos en el Venezia. Esa semana ya hab√≠a sido muy extra√Īa, pero lo mejor estaba por suceder. Me envi√≥ un mensaje antes de llegar; que disculpara su ropa, que llevaba d√≠as mochileando y no ten√≠a nada m√°s que ponerse. Al encontrarla desorientada fuera del local me di cuenta. Llevaba zapatillas de monta√Īa y ca√Īa alta, un largo vestido floreado, blanco y verde, y una chaqueta de jeans que le quedaba de todo menos ajustada. Su nariz era respingada, sin ser tierna como la de un bulldog, sino grande, respingada y caracter√≠stica, inclinada hacia arriba como un girasol. Un vestido as√≠, con flores blancas sobre verde, le quedaba particularmente bien a una mujer inglesa, o al menos me habr√≠a dado una peor impresi√≥n en una mujer chilena. Nada esencial, pero suelen ser comunes solo entre las gentes de cierta clase social, que se permite vestidos sueltos, y casas grandes y sueltas, autos grandes y sueltos, a costa de tener apretado el esp√≠ritu. En fin, nos sentamos y pedimos dos piscolas hasta arriba, nada menos.

Do you really want an answer? I don’t know in what tone I need to tell you that you’re cute but not my kind of guy and yet, damn it, I knew when you approached me I wasn’t going to satisfy your desire of fucking me.

Quiz√°s fue aqu√≠ el punto de inflexi√≥n de esta historia, el inicio de la pendiente que llevar√≠a una inocente bola de nieve a convertirse en un derrumbe. Me refiero, por supuesto, a su forma de sentarse. En mis veinticuatro a√Īos de vida no hab√≠a visto nada que se la pareciese. Su cuerpo alargado, con los codos sobre la mesa, se inclinaba hacia adelante tan decididamente que su cabeza estaba por sobre la mitad de la mesa (peque√Īa y cuadrada), y su postura era de tal atenci√≥n, de tal fuerza, que me sent√≠ ligeramente intimidado. En otras palabras, si hubiese imitado yo su postura, se hubiesen encontrado prematuramente nuestras bocas sobre la vela blanca entre vasos de pisco. As√≠ nos olvidamos por unas horas de la existencia de cualquier otro punto del universo, de nuestros celulares y de las otras mesas, que quiz√°s nos miraban con envidia o temor.

You are cute, but oh boy how ugly are you Your readable fake smile I can see that you’re uncomfortable And unsure about your posture, badly seated on that chair One at a time, you try every possible technique Humor, self-deprecation, how cute is that You’re not convinced yet, but you want my body badly I don’t know what to tell you, but you’re not fantastic

Conversamos, como es un tema de moda, sobre lo terrible que es el matrimonio y traer m√°s seres humanos al mundo, y como se trata tambi√©n de un par de ideas hermosas. Su apellido, Toms Moore, nos llev√≥ a hablar por supuesto de una de las mejores historias de matrimonios, la de Enrique VIII y Ana Bolena. Le dije, un poco por salir de la norma y ver su reacci√≥n, que me parec√≠a que finalmente Enrique era profundamente rom√°ntico, maldecido por una condici√≥n gen√©tica que le imped√≠a tener un hijo var√≥n que viviese m√°s all√° de unos meses, constre√Īido por la religi√≥n cat√≥lica, y un matrimonio arreglado, se hab√≠a enamorado de verdad, y dispuesto a sacrificarlo todo, cabeza de Tom√°s Moro incluida, hab√≠a roto un matrimonio, una familia y una iglesia. Mi comentario, por supuesto, le disgust√≥ profundamente. Me encant√≥ su disposici√≥n a pelear contra m√≠ al respecto, a decirme que era una estupidez may√ļscula, que Enrique VIII era un hijo de puta y que no pod√≠a estar m√°s equivocado. Qu√© refrescante. Creo que hay que tomar un poco de distancia de los besos melosos y de las cachetadas amargas, pero aferrarse tanto a los besos que cachetean como a las cachetadas que besan. Su pasi√≥n contra mi fue una cachetada que me bes√≥ hasta la m√©dula, y desde ese momento har√≠an falta menos de veinticuatro horas para que me besara por √ļltima vez; una cachetada cuyo olvido me cost√≥ los 19 d√≠as de Sabina, y un poco m√°s, y un poco m√°s.

You offer me a drink, I appreciate the gesture I start to get comfortable, and I confess, I’ll stay It’s not that I’m bored, but my friends are gone, And I don’t want to sleep yet, so I’ll just stay here You get confident, it’s cute, I like that I finally start to see who’s there in front of me Your face loosens up and your shoulders relax I feel like your body is ready to face mine.

Como suele ocurrir en este tipo de noches, nos cerraron la cocina en la cara. Ten√≠an raz√≥n, ya eran las 12, no son horas de comer. Intentamos en varios lugares, caminando codo a codo, hasta llegar a un peque√Īo local de madera y tres pisos, que a√ļn serv√≠a comida en el tercero. Subimos y nos sentamos en una mesa de madera, y entre canciones de Pink Floyd y unos pisco sour, devoramos dos porciones de papas fritas.

No pude evitar notar las malolientes miradas sobre ti, y sentí la duda inconsciente entre celarte (que nada tiene que ver con proteger) de aquellos que desde otras mesas evaden sus conversaciones fantaseando tu carne por una fracción de segundo. A veces me evado yo también. Me evado contando las flores blancas de tu vestido, las que puedo ver sobre la mesa, y cuento treinta y dos, treinta tres, y quisiera cortar cada una con una tijera, con toda la paciencia del mundo, y ver así treinta y tres veces más tu cuerpo, y me evado también con la guitarra de Pink, me dices que te encanta esa canción, y te corrijo, se trata de Comfortably Numb. Y no lo digo, pero así me siento, comfortably numb by the sight of you. Las papas se van enfriando, al contrario de nosotros, y maliciosamente te propongo que es hora de irnos de ahí.

You‚Äôre cute, but I‚Äôm not the one you need But I still wont say ‚Äúno‚ÄĚ to a show in your living room I‚Äôd know what to do with you and that‚Äôs exactly what I want the most.

Casi las dos de la ma√Īana y pens√© en ese peque√Īo bar con pista para bailar, y te pregunt√© si lo conoces. No tardamos en llegar, ni t√ļ en pedir primero un par de shots y despu√©s un par de cocktails. M√ļsica para m√≠ tan natural y para ti tan extranjera. Y si no fuera porque el alcohol te inund√≥ ya las venas, o por los ciento dieciocho latidos por minuto de tu coraz√≥n que entraron en frecuencia con el quiebre de caderas, o quiz√°s por esa alteraci√≥n de la sangre que produce a veces la primavera, lo que pas√≥ esa noche, no tendr√≠a manera. El alcohol tambi√©n me altera, y la m√ļsica me trastorna, me muevo de una forma que intenta provocarte, y al parecer me excedo, quiz√°s me excedo, porque me detienes para decirme algo, y tu voz dulce me pide honestidad, pero quiebra algo en mi pecho, al preguntar por mi sexualidad.

El ambiente se corta. Qu√© clase de pregunta es esa? Inicialmente me sorprende, me extra√Īa, y sobre todo, me preocupa. Me gustan las mujeres, le digo, pero qu√© te lleva a preguntarme eso? La respuesta, si honesta, es una ternura; no estaba acostumbrada a ver hombres heterosexuales que bailasen tan bien. Me vuelve un poco el alma, y entiendo tambi√©n que la pregunta no es ingenua. A√Īado entonces, que en realidad no me gusta la idea de tener que decidir si te gusta tal o cu√°l g√©nero, que me gusta m√°s vivir al d√≠a, ver persona a persona. Y que hasta ahora solo me han enamorado mujeres, pero, por qu√© definirse en base a eso? Adem√°s, y esto toca decirlo con una p√≠cara sonrisa, me podr√≠an haber gustado hombres toda la vida, pero ahora, en este momento, me gustas t√ļ, y eso es lo que realmente deber√≠a importarte o no? Tomo tu mano para volver a la pista.

Por supuesto un beso se planta de inmediato, y no solo sent√≠ la electricidad de tus labios, sino tambi√©n tu cuerpo electrocutado por los m√≠os, y comprend√≠ que de alg√ļn modo extra√Īo no √©ramos tan distintos como despistados terceros habr√≠an juzgado. De partida, pese a ser relativamente t√≠midos, a ninguno de los dos le importaba el sensual espect√°culo que est√°bamos dando. Y que seguimos dando hasta que se acab√≥ la m√ļsica. No s√© c√≥mo, pero eran ya las cuatro y media. Salimos y caminamos, borrachos y en intermitentes besos. Era el momento de ver que hacer, y nuestras intenciones estaban claras. Me dijiste que tu hostal estaba cerca de ah√≠, y no s√© si fue el alcohol o mi perdici√≥n en tu cuerpo, pero tardamos media hora en llegar. Te esper√© mientras hablabas con la recepci√≥n. No se permit√≠an visitas. No se pod√≠an pedir camas sin antelaci√≥n.

Quisiera tomar un segundo para, como decía Groucho Marx, maldecir a todos aquellos hostales que exigen una maleta para quedarte con una mujer, que no tiene por qué ser tu esposa. Malditos los hostales que rechazan adolescentes que escapan de sus padres para amarse por la noche. Maldito sea en particular ese hostal, que se queme hasta los cimientos, por la noche de amor que nos negó.

Nos besamos un rato m√°s, y ya era muy tarde, y nosotros muy borrachos. Te dej√© entrar, desvanecerte detr√°s de la puerta. Me qued√© petrificado frente a la entrada, y sent√≠ con toda pasi√≥n que algo terriblemente malo estaba pasando, as√≠ que tom√© mi celular y marqu√© tu n√ļmero. Vamos a un motel te dije, y tras un par de minutos estabas nuevamente afuera conmigo.

Lo que pas√≥ a continuaci√≥n, un peque√Īo error de digitaci√≥n, un min√ļsculo desliz, marcar√≠a rotundamente nuestro destino. Utilic√© mi celular para buscar el m√°s cercano, Maravilla se llamaba, y ped√≠ un taxi. Lo que no advert√≠ es que hay dos moteles Maravilla, uno de los cuales quedaba a 25 kil√≥metros del barrio bellavista. Nos dar√≠amos cuenta muy pronto.

Nos subimos al auto conversando cari√Īosos, mi mano en su muslo y la suya en el m√≠o. Ambos en el mejor estado de la ebriedad, prontos a una risa que no acaba en descontrol, apasionados y profundamente vivos. Evidentemente algo andaba mal, ya hab√≠an pasado a lo menos diez minutos. Sin entender a√ļn qu√© pasaba, tuve una t√©trica intuici√≥n, que por ebrio o caliente, no quise desarrollar. Intent√© desviar la conversaci√≥n, saber de su familia y de su infancia, como una forma de desnudarla antes de llegar. Nada bast√≥, y naturalmente quiso saber d√≥nde est√°bamos y qu√© estaba pasando. No era un secuestro. Fue ah√≠ que, revisando mapas y conversando con el conductor entendimos lo que pasaba. No hab√≠a vuelta atr√°s, no ten√≠a sentido. La hora y el alcohol empezaban a pesar; un peso delicioso, casi tanto como el de tu cabeza que se inclin√≥ para dormir sobre mi hombro, casi tanto como el peso fantasmal de tu cuerpo sexuado movi√©ndose sobre el m√≠o.

Finalmente llegamos, y la escena era completamente surreal. Cari√°tides de falsa apariencia griega, luces rojas reflejando sobre una gran pileta italiana. Encajaba a la perfecci√≥n con la imagen mental de una villa italiana en las afueras de Miami. Ciudad del vicio. Despabilada, frente a tal barata pretensi√≥n de grandeza, te pusiste a re√≠r como una ni√Īa. A un burdel. A un burdel. Me trajiste a una burdel. Tu voz se escuchaba m√°s √ļnica que nunca. Que nunca tu voz, que nunca las otras voces. Y girando al rededor de tus pies tomaste mi mano, y giramos los dos como dibujando mandalas, o ejecutando un extra√Īo ritual de cortejo y confirmaci√≥n. Confirm√© en tus ojos que quer√≠a dormir contigo, y en tus manos que quer√≠as dormir conmigo, y en tus labios que la noche exist√≠a a√ļn, y que √©ramos suficientemente j√≥venes para vivir as√≠, un poco locos, un poco borrachos y finalmente, un poco enamorados.

Nuestra pieza era una ridiculez, y al mismo tiempo adorable, con sus luces de ne√≥n p√ļrpura, y un majestuoso espejo en el techo de unos tres metros de largo. T√ļ no pod√≠as creer que estabas ah√≠, y yo no pod√≠a creer que estaba contigo. De hecho debo confesar que casi me exaspera tu sorpresa, concentrada en los tules rojos de la cortina, y el declive de la ducha, mientras yo me concentraba en la danza de margaritas que te ca√≠a del pelo. Casi me exaspera, pero te abrac√© desde la espalda, y te dije que fu√©semos a la cama, y tu temple cambi√≥ al o√≠r mis palabras. Me demostraste que pod√≠as concentrarte a voluntad, y que en tu coraz√≥n hab√≠an semillas celestes de las cu√°les brotan nubes de whisky, y que en tu cabeza pocas cosas ten√≠an la seriedad que tiene el amor, en especial en esa forma, casual y pasajera; sublime regalo de los dioses.

De tus labios pas√© a tu cuello y tus l√≥bulos, como es la pr√°ctica com√ļn. A diferencia del est√°ndar, sin embargo, emprend√≠ la napole√≥nica empresa de conquistar cada rinc√≥n de tu cuerpo. Diez masajes para los diez dedos de tus pies, recompensados por el ascenso de la celeste escalera que son tus piernas. Tuve que darte la vuelta para resistirme, y sin piedad bes√© tu espalda, que como un canvas vac√≠o esperaba la pintura de mis labios. Dibuj√© una estrella de seis puntas, y tras desenredar tu pelo hice la pregunta de rigor. Quieres que siga. Quiero que me devores. No hac√≠a falta m√°s. Un segundo, ped√≠, si no es mucha la molestia, quisiera poner algo de m√ļsica. Una lista de reproducci√≥n de dos canciones ser√≠a suficiente; Child in Time de Deep Purple, Starless, King Crimson. La primera nos permite explorar durante cinco minutos los diferentes tenores, frecuencias y sabores de tu cuerpo. La segunda dura doce minutos, y es suficiente para conducirte al orgasmo, y posteriormente al sue√Īo. La noche bien podr√≠a haber acabado ah√≠, en cuyo caso jam√°s habr√≠a habido motivo suficiente para esta historia; lo peor suceder√≠a dentro de seis horas.

Episodio II

No hay escapatoria. No puedo esperar, necesito un golpe, un remez√≥n. Damelo cari√Īo. Eres peligroso, y la verdad es que me est√° encantando. La verdad es que estoy volando muy alto, sin poder bajar. ¬ŅMe sientes ahora? La √ļnica verdad es el sabor de tus labios, y yo viajando. Eres t√≥xico y adictivo, como el venenoso sabor del paraiso. - Britney Spears (adaptaci√≥n libre).

Seis y cuarenta y cinco. Dos sue√Īos. El primero transcurr√≠a en una especie de fiesta de graduaci√≥n o gala, y por alguna raz√≥n estaba bailando con un viejo romance que por desafortunadas casualidades nunca tuve la oportunidad de besar. Bail√°bamos borrachos y nos bes√°bamos por fin sobre el ritmo de la canci√≥n m√°s lenta de la noche. Despu√©s de unos minutos me daba cuenta y le dec√≠a, puta madre, es solo un sue√Īo. Tranquilo me dec√≠a, son solo cosas materiales, no importa, son solo cosas materiales. No entend√≠ lo que quer√≠a decir. En el segundo sue√Īo manejaba un Ford 88‚Äô por una carretera en medio del desierto, escuchando un estruendoso Creedence Clearwater Revival y disfrutando la simpleza del gris infinito y convergente del pavimento. S√ļbitamente una bolsa de papel me atrapaba la cabeza, se trataba de un secuestro. Estaba en manos de una figura misteriosa, que de alguna manera se hab√≠a inmiscuido en el asiento trasero sin hacer ruido alguno. No recuerdo haber muerto en el desenlace, pero despert√© con angustia, y la vi a mi lado durmiendo pl√°cidamente. Una buena parte del alcohol se hab√≠a desvanecido ya de mis venas, y como el ser ego√≠sta y maligno que a veces soy, la despert√©.

La despert√© suavemente, de modo tal que no pudiese despertar y preguntarme ¬ę¬Ņqu√© pasa?¬Ľ, por que la verdad es que no pasaba nada. No quer√≠a hablar, o mejor dicho, no ten√≠a nada que decir. Bese entonces su oreja como subterfugio para evitar el contacto visual, y sus piernas se entrecruzaron abrazando mi torso, como una ara√Īa que ha atrapado su presa. As√≠ de majestuosa, as√≠ de comprometida. La temperatura comenz√≥ naturalmente a subir, pero en retrospectiva veo las cosas muy claras, no se trataba de un deseo carnal, en lo m√°s m√≠nimo, sino de una especie de terror. No hab√≠a mirado el miedo a√ļn a la cara entonces, pero sin saberlo tem√≠a profundamente que aquel encuentro tan maravilloso se desvaneciese entre mis manos. Maldije a la noche breve sin siquiera maldecirla. Maldije mi coraz√≥n, tan pronto a la entrega y al dolor, y me aferr√© a esas piernas tan fuertemente como pude.

No teníamos condones. Le dije que fuésemos a comprar, en todos los moteles naturalmente se venden condones. Nos vestimos mínima y humildemente, y salimos de la pieza bajando dos pisos de escaleras. Amo a la mujer aventurera que eres. En fin. El mundo estaba oscuro, y pesado, y no habían más luces que los opacos neones que se escapaban de piezas lejanas reflejando en el suelo. El lugar debe haber tenido unas trescientas piezas, y cubría al rededor de una hectárea. Evidentemente no teníamos idea de dónde estábamos. Tomé su mano áspera, y caminamos aleatoriamente hasta darnos cuenta que estábamos perdidos.

Vi por azar una ventana cuyas cortinas dejaban ver piel. Morbosamente, mientras dimos segu√≠amos avanzando juntos, intent√© observar de reojo la escena, y lo que vi me hizo detener de seco mis pesos. Naturalmente se detuvieron los tuyos tambi√©n. Se trataba de un hombre mayor, de unos sesenta a√Īos (aunque no confiar√≠a en ese n√ļmero, nunca he sido bueno con las edades), de vientre abultado y peludo, que miraba de frente una joven que transmit√≠a de inmediato la impresi√≥n de ser menor de edad. Le pregunt√© a Alicia si cre√≠a que ella ten√≠a m√°s de 18 a√Īos. Holy shit, respondi√≥. Qu√© mierda. Qu√© puta mierda. Trat√© de decir que bueno, quiz√°s est√°bamos mal pensando las cosas y era una veintea√Īera de c√°ndido aspecto. ¬ŅCambiar√≠a eso algo? ¬ŅQu√© diferencia hay entre 17 y 19 a√Īos? En cualquier caso la mera vista de la escena transmit√≠a una profunda sensaci√≥n de incorrectitud, de t√≥xico veneno. Ambos estaban desnudos, y el hombre ten√≠a en sus manos una c√°mara an√°loga, probablemente de rollo, una Leica de cuero negro, a trav√©s de la miraba a ella. Ella se ve√≠a derrotada. Puse especial atenci√≥n a sus ojos, quise ver si mostraban miedo, rabia, rastros de llanto. Pero no, transmit√≠an una sensaci√≥n rob√≥tica y vac√≠a, como si se tratase de un maniqu√≠. Tras un gesto con la mano, ella cambia de pose, y se distingue con claridad que √©l saca nuevas fotos. Le dije a Alicia que nos movi√©ramos. Ella dijo que llam√°ramos inmediatamente a los carabineros. Espera un poco, le dije, quiz√°s todav√≠a estamos ebrios, no estoy seguro de lo que estamos haciendo. Ven, le dije, pong√°monos detr√°s de esa muralla, no vaya a ser que nos vean. As√≠ hicimos, espiando a unos diez metros la escena. Durante los pr√≥ximos minutos no dijimos absolutamente nada, tan solo observamos, a la distancia y con horror. √Čl puso la c√°mara en un tr√≠pode y se acerc√≥ a ella. Tuve miedo. Pero simplemente le toc√≥ el brazo, como indic√°ndole que se sentara. La joven se sent√≥, mientras √©l sal√≠a de la escena. Ella miraba el techo, con las piernas entrecruzadas en el suelo, de la forma que solemos denominar india. √Čl volvi√≥ a la escena tras unos segundos, con una peque√Īa caja en la mano. De la caja sac√≥ una aguja largu√≠sima. Qu√© mierda. Sent√≠ la respiraci√≥n de Alicia agitarse. En los siguientes instantes procedi√≥ a perforarle la oreja. S√≠, perforarle la oreja. No le puso un aro, ni nada en su lugar. Simplemente retir√≥ la aguja, dejando caer un ligero hilo de sangre. Ambos, el viejo y la joven, asintieron con la cabeza. No tengo la m√°s m√≠nima idea del prop√≥sito.

De pronto el hombre gir√≥ su cabeza en direcci√≥n a la ventana, y se me hel√≥ el coraz√≥n. Alicia y yo escondimos nuestras cabezas, que asomaban antes tras una pared. V√°monos ahora mismo. V√°monos. Sin saber a d√≥nde partimos corriendo. Tras haber dado al rededor de cinco zancadas, se escuch√≥ un peque√Īo grito, amortiguado, apaciguado. Corrimos a√ļn m√°s fuerte, Alicia se iba quedando atr√°s. Vi el sufrimiento f√≠sico en su cara, y me doli√≥, transmitiendo probablemente el sufrimiento a la m√≠a. Segundos despu√©s pude distinguir la recepci√≥n, con sus fastuosas luces moradas. Vamos Alicia, ya casi llegamos a la direcci√≥n, met√°monos ah√≠. Al entrar nos quedamos en blanco, mir√°ndonos, jadeando y sin decir nada. No supe que decirle a la recepcionista, as√≠ que dije simplemente que hab√≠amos salido de la pieza a caminar y ya no sab√≠amos c√≥mo volver. Nos dio indicaciones precisas. Tuve el descaro, y ahora me arrepiento, de preguntarle por condones. Le compr√© una caja de tres, y partimos. Los compr√© sin volver a discutirlo con Alicia, una total imprudencia. ¬ŅEn qu√© estaba pensando? La respuesta es obvia. Pero me avergonc√©, y los escond√≠ r√°pidamente en mi bolsillo como si los ocultara de mi madre.

Llegamos nuevamente a la pieza. Me dijo que no pod√≠a m√°s, que ya no aguantaba, y se ech√≥ a dormir sin mediar m√°s palabra. Por supuesto no pude conciliar el sue√Īo, as√≠ que sal√≠ nuevamente a caminar, esta vez solo y poniendo particular atenci√≥n a recordar el camino de regreso. Recordar el camino de regreso. Dos derechas, una izquierda, derecho y luego derecha. El camino para enfrentarse a la caba√Īa de la escena era en realidad bastante simple. Apenas estuve a una distancia prudente di un vistazo. La cortina segu√≠a abierta, pero ya no se ve√≠a a nadie. Esper√© unos veinte segundos mirando a la distancia, y tras no ver cambio alguno di un par de pasos en su direcci√≥n. Nuevamente esper√© veinte segundos. Nada. Nada. Nada. Decid√≠ que una buena idea era pasar caminando junto a la ventana, mirando tan solo de reojo. As√≠, en el peor de los casos, si alguien me ve√≠a pasar, no podr√≠a distinguirme de un inocente transe√ļnte. Mientras pasaba, a menos de un par de metros, pude ver ya el grueso de la habitaci√≥n, y lo que divis√© me horroriz√≥. Bajo un mes√≥n, que desde la vista que hab√≠amos tenido hace un rato no era visible, pude ver al hombre mayor, al viejo, tirado en el piso y desnudo. Ten√≠a la apariencia de estar muerto.

No tuve ninguna mejor idea que caminar apuradamente de vuelta a nuestra habitación, y contarle a Alicia lo que había visto. Me abrazó sobre la cama y se largó a llorar. También lloré, y habiéndolo echado todo; el dolor, el veneno, el alcohol, logré pegar los ojos.

Despert√© con el sol martill√°ndome la frente como si fuese un castigo, y Alicia estaba en el ba√Īo ya. Mi boca ten√≠a un sabor horrible, y por supuesto no ten√≠amos ni cepillos ni pasta de dientes. Le dije a Alicia que ir√≠a a comprar, y me dijo que no lo hiciera, que hab√≠a que dejar de comprar tanto pl√°stico. En otras circunstancias un comentario as√≠ me podr√≠a haber molestado, pero me limit√© a decir okay. Okay, le dije, y fui a por un beso suyo. Me dio un pico, apenas encontrados nuestros labios retir√≥ su cara, y dijo que su boca tambi√©n ten√≠a un sabor horrible. No insist√≠, porque era cierto. Vamos, me dijo. No mencionamos en lo m√°s m√≠nimo lo vivido la noche anterior. Me pregunt√© incluso si de verdad lo hab√≠amos vivido, si no hab√≠a sido un sue√Īo o una alucinaci√≥n. Estuve tentado a preguntarle, solo para confirmar, para descartar mi locura y saber que no estaba solo. Pero por alguna raz√≥n, que ahora no entiendo, decid√≠ no hacerlo. Pedi un taxi con direcci√≥n a su hostal, y apenas subimos me qued√© dormido nuevamente.

Me despert√≥ cuando llegamos, y not√© de inmediato que hab√≠a olvidado mis lentes. Puta mierda. ¬ŅNo puedes ir otro d√≠a a buscarlos? me dijo. S√≠, creo que s√≠ puedo. Era mediod√≠a, y ten√≠amos un hambre brutal. Me dijo que conoc√≠a una tienda de falafel vegano maravillosa. Era un sucucho en la entrada de Recoleta, y pedimos tres porciones grandes, una para m√≠, una para ella, y otra para su amiga que la esperaba en el hostal. Apenas nos entregaron el pedido me dijo que deb√≠a irse, que su amiga la esperaba y que le llevar√≠a el falafel.

Le hice la pregunta de rigor, ¬Ņte volver√© a ver? No s√©, dijo apurada, es dif√≠cil. No hab√≠a nada m√°s que decir. Le di un √ļltimo beso, peque√Īo, t√≠mido, miserable, y la dej√© partir. Todo pas√≥ demasiado r√°pido, pero apenas la vi desaparecer entre la gente me sent√≠ destruido, desgarrado, como si una maloliente fiera me hubiese clavado los dientes en el alma. Me sent√© a comer mi falafel con un nudo en la garganta, y mientras com√≠a el due√Īo del local me habl√≥. Era un tipo simp√°tico, hab√≠a visto la escena y me hizo un comentario amable sobre las mujeres. Asent√≠, no hab√≠a otra alternativa, as√≠ son las mujeres repet√≠, sabiendo que lo que dec√≠a era una estupidez. Sent√≠ asco, profundo, una gota m√°s de mayonesa me habr√≠a hecho vomitar. No pude terminar la comida, as√≠ que agradec√≠ y me fui.

Caminé hasta el metro, y me dirigí a la universidad sin cambiarme de ropa, sucio, maloliente, desgastado, con una camisa de noche medio abierta y manchada con alcohol. Di sin mucha preparación la clase que tenía que dar, y finalmente me fui a mi casa, nuevamente en metro.

Al llegar finalmente a mi casa no dur√© un segundo sin lanzarme sobre la cama y echarme a llorar. Sent√≠ mis alas cortadas, mi soledad infinita, las fieras que me mord√≠an el alma. Me duch√© y las gotas de agua se confundieron con mis l√°grimas hasta desaparecer, y luego volv√≠ a la cama. Eran tan solo las seis de la tarde, pero ya no pod√≠a hacer nada m√°s. Nada m√°s. Rogu√©, de verdad rogu√©, que tal como no hab√≠a olvidado yo el camino de regreso a nuestra habitaci√≥n esa noche, no olvidases t√ļ tampoco el camino de regreso a mis brazos. Pero los ruegos son gritos al cielo, no son nada. En la realidad, solo tristeza. Ya no pod√≠a llorar, solo una tristeza negra, profunda, sorda. No sabr√≠a decir por qu√© un encuentro tan casual y fugaz me afect√≥ tanto, m√°s que otros romances que duraron semanas o meses. Pero en fin, as√≠ es la vida, hay ocasiones, especiales, en que la tristeza se vuelve maloliente, dura, feroz. Algunas tristezas comunican algo tan profundo, tan sublime, que el alma ya no es capaz de llorar, sino tan solo de caminar en silencio, entre los altos cipreses negros.

Cypresses

Epílogo

Los d√≠as pasaron y decid√≠ enviar una carta, cont√°ndote c√≥mo me sent√≠a, cont√°ndote que mor√≠a de ganas de pasar m√°s d√≠as contigo, sin siquiera saber bien por qu√©. Las cosas salieron bien, recib√≠ una cari√Īosa respuesta, y seguimos hablando fervientemente a la distancia, mientras recorr√≠as el resto de Latinoam√©rica. Nos enviamos fotos, videos, y llamamos un mont√≥n de veces. Me hiciste descubrir la maravillosa poes√≠a min√ļscula de Rupi Kaur, y criticamos juntos las nefastas compa√Ī√≠as de internet, que nos imped√≠an la comunicaci√≥n fluida. Me emocionaba cada foto con tu cara, y cada conversaci√≥n sobre el sexo que tendr√≠amos. Intercambios historias de nuestra ni√Īez y adolescencia, de nuestros previos amores, miedos e inseguridades. Nos hicimos preguntas √≠ntimas, y disfrutamos genuinamente quienes √©ramos. Las cosas fueron tal como debieron ser. Como es de esperarse, nos devor√≥ la falta de un destino inmediato, de pragmatismo y concretitud. No hab√≠a nada qu√© hacer, no hab√≠a futuro. Eramos j√≥venes enamorados, sin destino, sin ambici√≥n, sin horizonte. Decid√≠ cortar por lo sano, y te llam√© un d√≠a diciendo que era mejor dejarlo hasta ah√≠. Ya no hubo llanto, tampoco profundo dolor. Solo recuerdos, solo aquellas fotos que me enviaste, fotos de esa noche en el motel de las maravillas. Su √ļnico recuerdo tangible, la √ļnica prueba de que no estamos locos; estuvimos ah√≠, y en la m√°s breve de sus formas nos quisimos. Solo quiero decirte, que meses despu√©s, se me acab√≥ la paste de dientes, y mi cepillo estaba desgastado, las cerdas abiertas y ya blanqueadas por la vejez. Fui a la farmacia, como es l√≥gico, y cuando lleg√≥ mi turno ped√≠ lo que realmente necesitaba: un cepillo de dientes de bamb√ļ.

Cheers.